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Cuántas horas hacen falta para hacer un amigo, según el estudio de Hall

Cincuenta horas. Es el tiempo que, según Jeffrey Hall, profesor de comunicación de la Universidad de Kansas, hace falta compartir con un conocido para que pase a ser un amigo casual. Hall lo publicó en 2018 en el Journal of Social and Personal Relationships, y la cifra se ha repetido tanto desde entonces que conviene mirar de dónde sale.

Dos estudios y tres umbrales

El primero se hizo con 355 adultos que se habían mudado en los seis meses anteriores y buscaban amistades en su nueva ciudad. El segundo siguió a 112 estudiantes de primer curso recién llegados a Lawrence, la ciudad de la universidad, a los que se volvió a preguntar a las cuatro y a las siete semanas.

Con esas respuestas, Hall estimó cuánto tiempo compartido separa cada etapa. Del conocido al amigo casual, unas 50 horas. Del amigo casual al amigo, unas 90. Para hablar de amigo íntimo, más de 200. Al combinar los dos estudios, los márgenes se abren: entre 40 y 60 horas para el primer salto y entre 80 y 100 para el segundo.

Qué horas cuentan

La nota de prensa de la propia universidad resume que pesan las horas de ocio compartido: charlar, bromear, jugar a videojuegos. Las horas de trabajo en común pesan menos. Un compañero de oficina con el que cruzas cuarenta horas semanales no suma lo mismo que alguien con quien pasas cuatro tardes seguidas sin nada que hacer.

Tampoco hay un contador que, al llegar a 50, cambie la etiqueta. Son estimaciones medias de un grupo concreto de personas: adultos recién mudados y estudiantes universitarios. Un jubilado de pueblo y una estudiante de Erasmus pueden tener otro ritmo.

La cuenta, en días

Traducida a calendario, la cifra deja de ser abstracta. A una hora diaria, las 50 horas se cumplen en siete semanas, las 90 en tres meses y las 200 en algo más de seis. A una hora por semana, solo las primeras 50 piden casi un año. Es una operación nuestra, no del estudio, pero explica algo que casi todo el mundo ha vivido: la amistad que arranca rápido suele ser la de quien coincide a diario, y la que se queda en «a ver si quedamos» suele ser la de dos agendas que se cruzan una vez al mes.

Lo que el estudio no dice sobre los chats

Hall habla de tiempo compartido en general. No hemos encontrado ningún dato que permita afirmar que una hora de conversación escrita equivale a una hora en persona, ni lo contrario. Tomar sus cifras como una tabla de equivalencias para el chat sería pasarse de lo que mide.

Lo que sí permite el estudio es una lectura prudente. Si el tiempo compartido es la materia prima, un canal en el que puedes coincidir con las mismas personas varias veces por semana tiene ventaja sobre uno en el que cada conversación empieza de cero. Volver a la misma sala y reconocer un apodo suma horas sin necesidad de cuadrar horarios, y esas horas son de las que Hall clasifica como tiempo libre, no de trabajo.

También importa en qué se gasta el tiempo. Cien mensajes de trámite sobre de dónde eres y qué haces no son lo mismo que veinte en los que alguien te cuenta qué le preocupa esta semana o se ríe de algo que dijiste. El estudio se fija en las horas dedicadas a pasarlo bien juntos, que es precisamente lo que cuesta fingir.

Quién preguntó y a quién

Conviene fijarse en la muestra, porque condiciona lo que se puede extraer. Las 355 personas del primer estudio estaban en una situación muy concreta: acababan de cambiar de ciudad, tenían motivos para querer amistades nuevas y disponían de tiempo para ir a por ellas. Los 112 universitarios vivían en un entorno hecho para coincidir a todas horas. Un adulto con trabajo, hijos y la familia a veinte minutos, que busca amigos sin urgencia, quizá tarde más, o tarde igual pero con otro reparto de horas.

Hay otro detalle que la cifra esconde: son estimaciones con su margen, y el propio estudio las da en horquillas cuando junta los dos grupos. Citar «50 horas» sin más es redondear un resultado que sus autores no redondearon.

Una última cautela: llegar a las 90 horas con alguien no obliga a nadie a nada. Hay personas con las que se acumulan horas sin que aparezca la confianza, y no pasa nada. Lo que Hall describe es un mínimo probable, no una promesa.

Si lo que buscas es que una conversación de chat se convierta en algo más, la cuenta se puede usar como brújula y no como examen. Que la tercera conversación dure más que la primera, que la otra persona recuerde lo que dijiste hace una semana, que os escribáis sin que haya un motivo: son señales de que las horas se están acumulando de la forma que el estudio considera útil.

A razón de una hora a la semana, las primeras 50 llevan casi un año; a una hora al día, siete semanas. Esa diferencia explica mejor que cualquier teoría por qué unas amistades se hacen en un mes y otras no llegan a empezar.

¿Te apetece chatear?

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