Las 36 preguntas de Arthur Aron: lo que el estudio sí dice
La lista de 36 preguntas para «enamorarse de cualquiera» circula desde hace años con ese titular. El titular no viene del estudio. El artículo original es de 1997, lo firma el psicólogo Arthur Aron con otros investigadores, se titula The Experimental Generation of Interpersonal Closeness y se publicó en Personality and Social Psychology Bulletin. Lo que intentaba medir es la cercanía entre dos personas, no el amor.
Qué hicieron
Emparejaron a desconocidos en un laboratorio y les pidieron que mantuvieran una conversación guiada con preguntas que se iban haciendo más personales. Al otro grupo, que servía de comparación, le dieron conversación superficial. Después preguntaron a cada persona cuán cerca se sentía de su pareja, y los que habían respondido a las preguntas progresivas se sintieron más cerca que los del grupo de charla ligera.
Cómo están construidas
Se dividen en tres series de doce y cada una sube el nivel de exposición. La primera es ligera: con quién cenarías si pudieras elegir a cualquiera, si quisieras ser famoso, qué sería para ti un día perfecto. La segunda pide más: cuál es el mayor logro de tu vida, o qué es lo que más valoras en una amistad. La tercera entra en terreno delicado, como los recuerdos más difíciles o las pérdidas familiares.
El mecanismo es la reciprocidad gradual. Cada persona cuenta algo un poco más íntimo que lo que acaba de oír, y la otra responde en el mismo nivel. La confianza se construye por escalones y ninguno de los dos da el salto solo.
Lo que el estudio no dice
No dice que dos personas que las contesten se enamoren. Tampoco que el efecto dure fuera del laboratorio: la medición fue inmediata. Y el propio contexto era artificial: participantes que habían aceptado hablar con un desconocido durante un rato, sin la ambigüedad de un ligue real.
Qué se puede aprovechar en un chat
Lo que sí se traslada es el principio, no la lista. En una conversación por texto, hacer preguntas de nivel medio (qué haces cuando algo te sale mal, qué te gusta de tu trabajo aunque no sea tu vocación) y contar algo propio a cambio funciona mejor que un interrogatorio o que quedarse en el «qué tal el día». Subir la profundidad poco a poco es la enseñanza. Copiar las 36 en orden a alguien con quien llevas veinte minutos sería la forma más segura de que deje de contestar.
¿Te apetece chatear?